No he dormido una noche entera en una semana. Aun así me alegra pasar menos tiempo en la cama y levantarme a las 5 de la mañana.
Mi muesli de siempre con café solo y me siento lleno y listo para esta jornada.
Seguimos el río hacia arriba en un esfuerzo que se lleva lo mejor de nosotros. Muchos excursionistas van por el mismo camino. En lo alto vemos un valle nuevo que recuerda a los paisajes de las películas del oeste.


Hierba marrón, una gran extensión y, a lo lejos hacia el este, un río formado por la nieve derretida.

Hay una formación de hielo al oeste, un valle al este y un muro de rocas delante de nosotros. Es el paso de Chola. Me cuesta respirar, lo que me obliga a concentrarme en cada paso, y recuerdo el libro de la expedición navarra y cómo necesitaban parar cada 5 pasos.

Los excursionistas nos sonreímos unos a otros sin compartir el idioma pero sabiendo lo que sentimos con la experiencia compartida. Los sherpas, cargando el doble o tres o cuatro veces o más el peso que llevamos nosotros, nos adelantan a un ritmo que para mí no es nada menos que humillante.

Pronto, con el sol sonriéndonos otra vez y unos metros por encima, todo el mundo celebra. Cuando llegamos a la cima nos hacemos las fotos juntos y hasta me echo una siesta. Recuerdo el trekking de la Torrecilla del año pasado y cómo intenté hacer lo mismo pero me despertó una bola de nieve.



Al bajar empezamos ahora a caminar sobre el hielo. De alguna manera no necesitamos crampones y es precioso ver regueros de agua corriendo bajo nuestros pies.

La siguiente parte consiste en seguir una repisa estrecha en la roca a nuestra derecha y enseguida se abre a nuestro alrededor un valle maravilloso.


Parece llegar a un valle secreto, protegido y rodeado de gigantes. Amadablan, uno de ellos, delante de nosotros.

Desde esta altura veo dos asentamientos a lo lejos.
En cada parada para descansar noto que los compañeros bromean con X. sobre la guía nepalí con la que estuvo hablando ayer.
Hace sol y en esta pradera hasta los porteadores disfrutan al mismo tiempo de una pequeña pausa.

Aprovecho para hablar un poco con un caballero francés saludándolo en francés y enseguida me veo obligado a decirle que no sé mucho francés y seguir en inglés.
En nuestro Zangla Inn, las fuerzas que me quedan solo dan para poner el móvil a cargar, la visita necesaria al baño y echarme una siesta.

Una hora después Tundu me despierta para tomar un té masala que me revitaliza. Son las 2:30.
Pronto otra expedición, hombres mayores, llena la habitación.
Esto ha sido duro, y seguramente desmontaría la imagen que algunos de mis amigos tienen de mí como alguien fuerte.
